De sobrevivir a un cocodrilo a proteger los océanos: la incansable lucha de Alain Brandeleer

La vida de Alain Brandeleer dio un giro radical en las tranquilas aguas del delta del Okavango, en Botswana. Tras haber pasado gran parte de su vida buscando adrenalina pura —llegando incluso a bucear con grandes tiburones blancos sin jaula—, su búsqueda de nuevas emociones se vio brutalmente interrumpida.
Esa mañana, la buena visibilidad bajo el agua desapareció en segundos. Un cocodrilo lo envolvió y clavó sus mandíbulas en su brazo derecho. Su compañero de buceo, Steve, se convirtió en su salvador al sujetarlo firmemente del tanque de oxígeno durante más de un minuto. «Si me soltaba un segundo, estaba muerto», relata Brandeleer.
Un diagnóstico devastador y una vida de superación Tras horas de espera, un vuelo sanitario lo trasladó a un hospital en Johannesburgo. El diagnóstico médico fue implacable: la amputación era inevitable.
Para Brandeleer, perder ese brazo significaba enfrentarse a su mayor desafío. Había nacido con una atrofia en su mano izquierda, por lo que el brazo destrozado por el reptil era el único que tenía completamente funcional. Desde su infancia, se había resistido a que su condición física dictara sus límites, empujándose siempre a hacer más que los demás. Ahora, ante la sugerencia de los médicos, su primera reacción fue pedir no despertar de la anestesia si perdía la extremidad. No quería convertirse en una carga para su hijo, Gary, recordando lo dura que había sido la etapa en la que él mismo tuvo que cuidar de su padre enfermo.
A pesar del altísimo riesgo de muerte por infección, los médicos lograron salvarle la vida. Tras enfrentarse a múltiples cirugías y a un grave episodio de estafilococo, Alain tuvo que reconstruir no solo su cuerpo, sino también su mente.
El regreso al agua: una nueva forma de resistencia Seis meses después del trágico accidente, Brandeleer volvió a sumergirse, esta vez acompañado por un fisioterapeuta. Lo que comenzó como una terapia de rehabilitación se transformó en un reto superlativo.
Alain canalizó su dolor en largas travesías a nado, demostrando que sus límites eran más mentales que físicos:
- 2015: Apenas tres años después del ataque, cruzó a nado el estrecho de Gibraltar.
- 2023: Completó el cruce entre la isla de Córcega y Cerdeña.
- Apadrinamiento: En su camino, también encontró propósito en inspirar a otros, llegando a apadrinar a «Miguelito», un niño nacido con su misma atrofia en la mano.
El mar de plástico y la alianza con The Ocean Cleanup Mientras nadaba y buceaba por lugares como el Mediterráneo o el mar Rojo, Brandeleer notó una realidad aterradora: la degradación de los fondos marinos y la invasión de residuos. Ver a tortugas confundiendo plásticos con medusas lo llevó a la acción.
Gracias a su hijo Gary, conoció The Ocean Cleanup, una organización enfocada en interceptar la basura antes de que llegue a mar abierto. Alain decidió poner sus brazadas al servicio de esta causa ambiental:
- El reto de 2025: Nadó 23 kilómetros en mar abierto entre Ibiza y Formentera.
- El impacto: Logró recaudar unos 24.000 euros, cantidad equivalente a la intercepción de 500.000 botellas de plástico.
El paso a tierra firme: Running for the Ocean Consciente de que un solo individuo no puede cambiar el mundo, Alain ha buscado convertir su esfuerzo en un movimiento colectivo. Así nació la iniciativa “Running for the Ocean”, un proyecto que busca sumar fuerzas fuera del agua.
- La prueba consiste en una carrera de 20 kilómetros en Bruselas.
- Participan más de 250 personas.
- El objetivo colectivo es financiar la intercepción de un millón de botellas de plástico.
Hoy, el dolor crónico sigue acompañándolo, pero ha aprendido a convivir con él. Como parte de la iniciativa Perpetual Planet de Rolex y Llamado a la Tierra de CNN, la historia de Alain Brandeleer demuestra que incluso las peores tragedias pueden ser el impulso necesario para proteger lo que nos rodea. «Si lo ves como un enemigo, siempre gana», reflexiona sobre su dolor físico, hoy transformado en pura acción por el planeta.
